domingo, 17 de julio de 2011


El mejor olor del mundo

A casa de la señora Consuelo iba mucha gente y todos salían con cajas de cartón manchadas de lamparones de aceite y perfumados con un olor que para mi era el mejor del mundo, salvo la colonia de mi mamá.

La señora Consuelo vendía magdalenas que olían mejor que el flan, mejor que los buñuelos rellenos, mejor que en la tahona del señor Julián. Pero mi abuela no se hablaba con la vecina y los únicos bollos que yo comía eran unos suizos con forma de conejito que vendían al lado de la estación.

El día que bautizaron a Marianín yo andaba saltando charcos cuando la señora Consuelo me chistó –niña, coge una- me dijo acercándome una caja llena de magdalenas calientes, cogí la más grande y salí corriendo. Me escondí en el patio junto a las gallinas, me llevé la magdalena a la nariz y sonreí, no se lo contaría a nadie, ni siquiera a mi madre cuando viniera a vernos.